La constante ebullición del Oriente Medio

El riesgo de violencia siempre está presente ya sea con o sin la Primavera Árabe ya que la clave de esta violencia es una tendencia creciente hacia unos estados fallidos que son incapaces de absorber e incluir a sus jóvenes en los ciclos económicos

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Moscú, 6 ene (Sputnik).- Acuerdos inesperados, protestas ya tradicionales, crisis económicas y la pandemia: el año 2020 fragilizó aún más el Oriente Medio y sentó las bases para un reajuste del equilibrio de fuerzas.

Las protestas se convirtieron de nuevo en una constante en la región en 2018 cuando en Marruecos comenzó la llamada Nueva Primavera Árabe que en los dos años siguientes se propagó a varios otros países árabes.

Sin embargo, en 2020 fueron tres los que destacaron por la amplitud de las concentraciones populares, protagonizadas por los jóvenes: Irak, el Líbano y Siria.

El descontento de los manifestantes arremetió contra la corrupción y las difíciles condiciones económicas.

“Somos testigos de una segunda ola que debería superar las deficiencias de la primera, pero la estructura social del Líbano, Irak y Siria está muy fragmentada por las luchas sectarias lo que no fue el caso en Túnez y Egipto”, dijo a Sputnik el vicepresidente para el desarrollo de la Universidad Alemana del Líbano, Pierre Al Khoury.

El experto advirtió, sin embargo, que no se puede excluir que las protestas suman la región en el caos.

“El riesgo de violencia siempre está presente ya sea con o sin la Primavera Árabe ya que la clave de esta violencia es una tendencia creciente hacia unos estados fallidos que son incapaces de absorber e incluir a sus jóvenes en los ciclos económicos”, aseguró.

CRISIS BANCARIA EN EL LÍBANO

La crisis que estalló en otoño de 2019 en el Líbano destruyó la economía del país y repercutió en los países vecinos.

La divisa nacional perdió el 80 por ciento de su valor desde principios de 2020 y el desempleo se sitúa en el 45 por ciento. La explosión en el puerto de Beirut y el coronavirus empeoraron aún más la situación.

Durante muchos años, gracias a las leyes sobre el secreto bancario y las altas tasas de interés en dólares estadounidenses el pequeño Líbano con sus 65 bancos fue la capital bancaria de toda la región.

Sin embargo, en los últimos años el Banco Central libanés construyó una especie de Esquema Ponzi a nivel nacional llevando al país a la ruina.

Según dijo a Sputnik el experto Hassan Khalil, durante la crisis de 2008 la banca del Líbano sobrevivió porque disponía de mucha liquidez, sin embargo ese dinero se esfumó porque se gastaba para “cubrir el déficit presupuestario, financiar la Compañía Eléctrica Libanesa, dar fondos para las importaciones y mantener la tasa de cambio”.

“Gastaron más de 80.000-100.000 millones de dólares lo que provocó la crisis”, afirmó.

Muy pronto la crisis económica golpeó a la vecina Siria que como otros países o grupos bajo sanciones recurría a los bancos libaneses, escudados por el secreto bancario, para realizar transacciones internacionales.

Para la moneda nacional siria, muy debilitada por la compra frenética de divisas, ante todo del dólar, tras el anuncio en diciembre de 2019 de que EEUU iba a imponer más sanciones a partir de junio de 2020, la crisis económica libanesa fue un golpe mortal.

Los empresarios que perdieron el acceso a sus depósitos en divisas ya no podían importar alimentos a su país devastado por la guerra y los precios crecieron vertiginosamente.

Fue una de las causas directas de las protestas en la provincia sureña de As Suwayda en enero y junio, donde según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU los precios de los alimentos desde abril aumentaron en un 152 por ciento.

La crisis libanesa también repercutió gravemente sobre las economías de Irak y Yemen.

POTENCIAS RIVALES

El comienzo de las protestas en Irak y el Líbano a finales de 2019 resultó una sorpresa para las élites de ambos países que se precipitaron a atribuirlas a la influencia extranjera.

Sin duda, el descontento popular tenía numerosas causas internas, no obstante, cabe mencionar que en los últimos años y sobre todo en este 2020 la región se convirtió en un escenario para la rivalidad entre Irán y Estados Unidos y, ante todo en el caso de Siria, también Rusia y Turquía.

La Administración de Donald Trump, además de imponer nuevas sanciones a Siria, ejerció la máxima presión sobre Irán para obligarlo a aceptar un nuevo acuerdo sobre su programa nuclear, y hacerlo antes de los comicios en EEUU para dar una ventaja al presidente en la campaña electoral.

Las restricciones, dirigidas no solo contra el petróleo y la banca de Irán sino también contra sus representantes en otros estados o sus aliados, afectaron también al Líbano, Yemen y sobre todo Irak cuya economía depende en gran medida de su vecino, en particular en materia energética.

ACUERDOS DE ABRAHAM

Otra creación estadounidense, que podría cambiar drásticamente el equilibrio de fuerzas en la región fueron los llamados Acuerdos de Abraham que pretenden normalizar las relaciones entre Israel y los países árabes y de hecho formalizan los lazos que existen desde hace tiempo. Antes, de todos los países árabes, Israel tenía relaciones oficiales solo con Egipto y Jordania.

De momento, los Acuerdos de Abraham fueron firmados por Emiratos Árabes Unidos, Sudán, Bahréin y, hace unos diez días, por Marruecos.

Se considera que junto con los estadounidenses los saudíes también están ejerciendo presión sobre sus aliados suníes para que firmen un acuerdo que de momento ellos mismos no quieren suscribir por los compromisos que asumieron ante los palestinos.

“Una rápida normalización se produjo con Emiratos Árabes Unidos pero con Arabia Saudí es totalmente diferente, Arabia Saudí no puede cambiar su postura ante el conflicto árabe-israelí en unos días, pese a que mantienen relaciones secretas (con Israel)”, dijo a Sputnik Elias Hanna un general libanés retirado que es ahora profesor.

Los Acuerdos de Abraham plasmaron sobre el papel una realidad ya existente: la causa palestina e Israel dejaron de centrar la atención de Arabia Saudí y de sus aliados suníes que ahora consideran al Irán chií como su principal rival en la región.

Las tensiones iraní-saudíes se agravaron al máximo durante la crisis en Siria y Yemen y ahora, la continua Guerra Fría del Oriente Medio incluirá a un tercer país, Israel.

Algunos dicen ya que la nueva estructura creada por los Acuerdos de Abraham podría reemplazar el Pacto de Bagdad, una alianza militar formada a mediados de los años 1950 con el objetivo de defenderse de una eventual agresión soviética, y convertirse en una OTAN del Oriente Medio.

Como era de esperar, el presidente iraní Hasán Rohaní condenó la normalización tachándola de “gran error” y “acto traicionero”.

“El eje de normalización, desde el punto de vista geográfico, va de Israel a Jordania, con la que tiene un acuerdo de paz, después pasa por Arabia Saudí, luego por Emiratos Árabes Unidos y Bahréin. Omán es reacio de momento, pero es una cuestión de tiempo. O sea, realmente es para contener a Irán, es para la seguridad”, afirmó Hanna.

A la vez, los acuerdos tienen también un trasfondo económico. La guerra de los precios petroleros entre Rusia y Arabia Saudí en marzo y las repercusiones económicas de la pandemia que volvió a derrumbar los precios del crudo vaciaron los bolsillos de las monarquías del Golfo. Arabia Saudí, además, se gastó mucho dinero en el conflicto en Yemen.

Israel tampoco está bien, el FMI prevé una contracción de la economía hebrea en un 6,3 por ciento este año y la deuda estatal se situará en el 12 por ciento, todo un récord.

Ahora gracias a los acuerdos los israelíes tendrán un acceso directo al mercado de petróleo de Emiratos Árabes Unidos y Bahréin que, a su vez, podrán invertir en Israel y acceder a sus tecnologías innovadoras en agricultura, claves para garantizar la seguridad alimentaria de los dos países desérticos, sobre todo ahora cuando las cadenas de suministro internacionales quedaron afectadas por la pandemia. (Sputnik)