Racismo, combustible sobre el fuego de las protestas en Colombia

"Vándalos", "terroristas" o, simplemente, "indios", en clave despectiva, son los calificativos que a diario caen sobre estas minorías, que hoy salen a la calle para defender sus derechos en un sistema social de desigualdad, tanto económica como simbólica.

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Bogotá, 21 may (Sputnik).- Las protestas que se repiten en Colombia desde el 28 de abril han tenido un componente que se muestra algo oculto en pancartas y banderas: el racismo.

En agosto pasado, cuando las manifestaciones sociales en este país sudamericano estaban en suspenso por la ola de contagios de coronavirus, un hecho policial sacudió el pacífico colombiano, más específicamente en Cali, la capital del Valle del Cauca.

Allí se encontraron cinco cadáveres de muchachos de entre 14 y 18 años que habían salido de sus casas temprano y, en apariencia, estaban nadando en un cañadón.

Las autoridades locales anunciaron una recompensa de 100 millones de pesos (unos 27.000 dólares) para dar con la pista de quien o quienes asesinaron a los jóvenes que, además de ser amigos, tenían en común su etnia: eran negros.

La raza de los jóvenes fue el móvil del crimen para casi toda la opinión pública de Cali, y de todo Colombia, un país cuya sociedad vive uno de los peores males de nuestra época, el racismo.

“Colombia es un país donde las elites políticas y económicas son profundamente clasistas, donde toda la vida han despreciado a los sectores populares, a los negros, indígenas y campesinos”, indica a Sputnik la directora de la ONG Asociación Minga, Diana Sánchez Lara.

La organización no es parte de la minga (resistencia) indígena colombiana pero trabaja con estas minorías que, aún antes de las protestas, viven situaciones de discriminación en su cotidianeidad.

“En la vida cotidiana los negros no tienen las mismas posibilidades que tienen los mestizos”, afirma la mujer.

Y describe que en las universidades no se ve una masa negra muy grande, los cargos de poder no son ocupados por indígenas o afrodescendientes y la distribución del recurso tampoco es equitativa en comparación con los blancos o mestizos.

“No se ve una importante inversión social en los territorios mayoritariamente negros o indígenas, el ejemplo es El Chocó (noroeste) que es un departamento muy rico en biodiversidad pero el más pobre de Colombia, donde 73,77 por ciento de la población es negra”, agrega Sánchez Lara.

La agencia de estadísticas colombiana (DANE) da cuenta de que la población negra representa el 9,34 por ciento del total, según datos del censo realizado en 2018.

Según el mismo estudio, de cada 10 negros que viven en Colombia, siete lo hacen en cabeceras municipales y el resto en centros menos poblados o áreas rurales dispersas.

En el caso de los indígenas, la situación es distinta, pero la segregación es la misma.

INDÍGENAS

En Colombia se autorreconocen originarios un total de 1.905.617 personas, de las cuales ocho de cada 10 viven en zonas rurales o colonias indígenas.

“Vándalos”, “terroristas” o, simplemente, “indios”, en clave despectiva, son los calificativos que a diario caen sobre estas minorías, que hoy salen a la calle para defender sus derechos en un sistema social de desigualdad, tanto económica como simbólica.

Incluso, hasta no hace mucho tiempo, mucha gente en Colombia solía decirle “indio” a quien está de mal humor o es difícil de tratar.

Esos elementos racistas también se han visto a lo largo de las protestas que llevan 22 días.

Sobre todo, según Sánchez Lara, en el ataque a la minga del pasado 8 de mayo donde 12 indígenas resultaron heridos con disparos armas de fuego que provinieron de una camioneta Toyota Prado, según testigos.

“Ese fue un ataque de odio de los sectores ricos de Cali porque odian a los indígenas, consideran que protestan mucho y que no tienen porqué llegar a la ciudad a fastidiar”, describe la mujer.

Ese sentimiento, al parecer, se extiende a la flamante canciller colombiana, y ex vicepresidenta, Marta Ramírez, quien en un tuit del 10 de mayo preguntó quién está detrás de la financiación de la minga que llegó a Cali.

También al consejero de Seguridad de Presidencia, Rafael Guarín, que un día antes usó la misma red social para acusar: “Indígenas secuestradores de soldados son parte de red de valor del narcotráfico. Delincuentes que se amparan bajo jurisdicción indígena, convertida en garantía de impunidad, y que se esconden en algunos resguardos transformados en santuarios del crimen”.

Los colores de la bandera colombiana llevan el amarillo en representación de las riquezas que tiene el país; el azul, los mares; y el rojo, la sangre derramada por los próceres de la independencia.

Otra versión indica que su creador, Francisco de Miranda, homenajeó con el pabellón nacional a su amiga Catalina II de Rusia, al rubio de sus cabellos, el azul de sus ojos y el rojo de sus labios intensos. Cualidades que no abundan por estos lares, y que forman parte de una Colombia que sólo vive en el imaginario de su elite. (Sputnik)