Peruanos llegan divididos y hartos a una elección presidencial de extrema polarización

Perú llega dividido a elegir el presidente que dirigirá el país los próximos cinco años, también exhausto, ¿pero cómo o por qué se llegó a esto?

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Lima, 6 jun (Sputnik) – Renato vive en Lima. En el chat de WhatsApp donde los vecinos discuten los asuntos del edificio donde habita, la señora del tercer piso ha enviado la quinta cadena de oración para que la candidata de derecha, Keiko Fujimori, gane la presidencia. Renato, en silencio hasta ese momento, ha roto su quietud escribiendo un rotundo “Fujimori nunca más”. Su edificio está dividido ahora, como su país lo está desde que empezó la segunda vuelta de los comicios presidenciales.

Este domingo, Fujimori, de Fuerza Popular (derecha), se enfrenta a Pedro Castillo, de Perú Libre (izquierda), y desde que empezó la campaña, en la segunda quincena de abril, se ha originado una polarización nunca antes vista en una elección.

El edificio de Renato es apenas un fotograma para una película macro y beligerante.

Desde luego, con la polarización ha llegado un grado de violencia y crispación generalizada que ha liquidado amistades y distanciado familias, creando dos bandos entre los cuales el diálogo es imposible y sólo caben los descalificativos y el agravio como maneras de hacer entender al otro lo que es mejor para el país.

¡QUE ACABE, POR FAVOR!

Alicia Perales tiene 36 años y vive en el departamento de Piura (norte). En conversación con Sputnik declara estar “harta” de estas elecciones.

“Nunca he visto tanta gente peleando y defendiendo políticos que no vale la pena defender. Nos hemos vuelto locos. No quiero ver más Facebook, quiero que esto acabe de una vez”, dice, mortificada.

Perú llega dividido a elegir el presidente que dirigirá el país los próximos cinco años, también exhausto, ¿pero cómo o por qué se llegó a esto?

El escenario electoral inédito parece tener la respuesta.

En primera vuelta, los grandes medios, ubicados en Lima, además de las principales encuestadoras, especulaban con el triunfo de algún candidato de derecha que no fuera Fujimori, o alguno de la izquierda progresista; eso era lo esperable, pero sucedió lo que nadie vio venir.

La primera sorpresa fue el segundo lugar ocupado por Keiko, quien perdió las dos elecciones anteriores, en 2011 contra Ollanta Humala y en 2016 contra Pedro Pablo Kuczynski, a causa del fuerte rechazo que genera el llamado “fujimorismo”, tanto el que hoy representa la candidata de Fuerza Popular, como por lo que significó la presidencia de su padre, Alberto Fujimori, quien gobernó el país entre 1990 y 2000, una época marcada por la corrupción y por violaciones a los derechos humanos.

Pero el antivoto también se debe a los problemas judiciales que afronta la propia Keiko.

Actualmente la candidata es investigada por la Fiscalía por dirigir, presuntamente, una organización criminal dedicada al lavado de activos en el caso Lava Jato, pidiéndose 30 años de cárcel en su contra por tales delitos.

En los sondeos de primera vuelta, el antivoto de Keiko llegaba a cerca de 60 por ciento, es decir que 60 de cada 100 peruanos manifestaba que nunca votaría por Fujimori.

¿Cómo así Keiko pasó a segunda vuelta? Lo cierto es que lo hizo apenas con 13,41 por ciento de los votos, el equivalente a su núcleo duro de seguidores, en unos comicios donde la voluntad popular se repartió entre la insólita cifra de 18 candidatos.

Por otro lado, la aparición sorpresiva del profesor de escuela provinciano y campesino, Pedro Castillo, que a una semana de la primera vuelta apenas aparecía en los sondeos con cuatro por ciento de intención de voto, fue la sorpresa absoluta de la elección. Con una campaña hecha en el interior del país, nadie vio venir a este candidato, que tiene en sus planes instaurar en Perú un Gobierno de corte socialista.

ENTENDIMIENTO IMPOSIBLE

No es difícil adivinar que ambos candidatos son como agua y aceite, y tienen resistencias muy fuertes en distintos sectores de la población. Fujimori apuesta por la permanencia del modelo neoliberal, mientras que Castillo lo hace por una economía estatizada. Fujimori tiene serias acusaciones de corrupción, y Castillo representa, o al menos así lo perciben algunos peruanos, como la “transformación de Perú en Venezuela”.

Estos polos extremos han generado distanciamientos entre bandos. Los partidarios de Castillo acusan a los seguidores de Keiko de ser “cómplices de la corrupción”, mientras que los fujimoristas acusan al otro grupo de querer enviar al país a un “abismo” socialista del que temen nunca se pueda salir.

“Yo no deseo votar por Castillo, me parece que es una candidatura improvisada y no me gustan sus ideas políticas, pero no puedo permitir que Fujimori llegue al poder, es como premiarla por todo lo malo que le ha hecho al país, imposible”, afirma a esta agencia Erlinda Quispe, de 63 años, residente en Lima.

“A Fujimori la podemos vigilar si se quiere portar mal, pero Castillo llega para quedarse. Por último a la corrupción la puedes sacar, al socialismo no”, dice por su parte Mario Cornejo, de 29 años, quien vive en Arequipa (sur).

Así, entre argumentos de un grupo y otro, también hay que considerar que pocos peruanos son los que están yendo a las urnas convencidos de su candidato, dado que la mayoría lo hace más para evitar que gane el otro.

Perú tiene dos trincheras, y la campaña ha sido una batalla violenta como ninguna otra en una elección, quizá reafirmando la realidad de un país que sabe ser más consistente en sus odios que en sus amores. Un poco triste quizá, quizá inevitable también. (Sputnik)

Sergio Llerena Caballero